Corazón en ascuas

Introducción: ¿En qué se corresponde la Eucaristía con nuestra vida de cada día?

Pedimos perdón, escuchamos la palabra, ofrecemos la vida, recibimos a Cristo, agradecemos lo que somos... ¿Cómo hace que nuestra vida sea un vida eucarística?

1.- Lamentar la pérdida. Señor te piedad.

Los discipulos vuelven a Emaús decepcionados, vuelven a casa porque ya no hay donde ir. La inquietud que les nació al conocer a Jesús ha muerto con Jesús. Aquel en quien habían visto un Mesías era nadie. Ellos mismos eran nadie ahora.

Aquellos dos dicispulos de Emaús somos nosotros. Nosotros también sentimos que somos nadie. Nacer, ir a la escuela, al primer trabajo, casarse... cada decisión supone perder la seguridad que teníamos antes y salir a un mundo desconocido... cuando enfermamos, cuando morimos. Nuestra vida está llena de pérdidas que no queríamos. La mayoría de las pérdidas que vemos en las noticias no nos afectan. La que más nos afecta es la pérdida de nuestros sueños cada vez que hay que asumir o decidir la realidad..

Por encima de cualesquiera otras pérdidas, está la pérdida de la fe: la pérdida del convencimiento de que nuestra vida tiene sentido.

A medida que envejecemos, descubrimos que lo que nos sirvió de apoyo durante tantos años -la oración, el culto, los sacramentos, la vida comunitaria y la clara conciencia de ser guiados por el amor de Dios- ha perdido su utilidad para nosotros

Llegamos a la Eucaristía con el corazón roto por muchas pérdidas, las nuestras y las del mundo. Como los dos discípulos de Emaús, decimos: «Nosotros esperábamos..., pero hemos perdido la esperanza>>..

¿Resentimiento o agradecimiento? Por todo lo que la vida nos va quitando en cada puerta que nos abre con el paso de la vida.

¿Cómo es posible comenzar una celebración de acción de gracias con un corazón roto, herido, pecador, cansado?;

«Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron». Así es como nos acercarnos a la Eucaristía: con una extraña mezcla de desesperación, no-fe y de esperanza, 'podría ser'.

Entrar en la Eucaristía es entrar en el camino de todas las personas que han ido entregando su vida a Dios, descubriendo y agradeciendo su obrar en nuestra historia. Decimos 'Señor ten piedad' para que Dios siga construyendo su proyecto, también en mi vida. 'Ten piedad de mi limitación para entender y entregar'.

Pero para hacer este descubrimiento necesitamos un compañero muy especial en el camino

2. Discernir la Presencia. Su palabra

Los de Emaús son encontrados por alquien que les escucha y que les hace ver que tienen razón. Todo lo que han vivido ha sido duro. Pero su pérdida forma parte de una alegría mayor. El desconocido no ha dicho que no hubieran perdido a un amigo que les había dado una nueva esperanza, sino que esta pérdida iba a hacer posible una relación muy superior.


Jesús nos llama 'torpes y necios' para creer, para ver lo que viene después, para conocer que somos parte de un camino de salvación, en el que tras cada pérdida viene una alegría mayor.

Cuando escuchamos la lectura de la Eucaristía, no somos conscientes de que es Jesús quién nos habla. Cada Eucaristía es como un paso en el camino de Emaús, que Jesús nos va dando una palabra. Nos cuenta lo que ya sabemos pero con la novedad de que todo ha sido, ocurrido, vivido, entregado por MI.

La palabra de Dios hace presente lo que expresa. Mientras Jesús hablaba por el camino a los dos de Emaús, ardía su corazón, esto es, experimentaron su presencia. Cada Eucaristía Dios nos dice la palabra que El quiere que apliquemos hoy a nuestra vida.

La palabra de Dios nos asigna a cada uno de nosotros un lugar en su historia de salvación. La palabra nos eleva por encima de nuestra mediocridad y nos hace ver que nuestra «vulgar» vida diaria es, de hecho, una vida sagrada que desempeña un papel esencial en el cumplimiento de las promesas de Dios.

La palabra de Dios nos sitúa por encima de las preocupaciones, afanes y miedos de la vida ordinaria. Nos sitúa en el plan de Dios. En el camino de vuelta a la comunidad, al proyecto de Dios. Si la palabra de Dios, nuestros miedos y amarguras tomarán dominio de nuestra vida, podemos hacr obras increibles, pero no cosntruirán el proyecto de Dios.

3. Invitar al Desconocido. «Yo creo»

El desconocido les hace ver que todo tenía un sentido. Volver a casa ya no significa abandonar, significa celebrar,, acoger a Jesús y volver al camino, a Jerusalén, al proyecto de Dios.

Caminar solos hace que todo hable de nuestras tristezas. No acoger a Jesús hace que todo nos recuerde neustros problemas. Acoger a Jesús permite ver la resurrección que conlleva cada muerte, la alegría a la que da paso cada perdida/entrega.

La Eucaristía es una invitación a Jesús para que se quede en nuestra casa. Jesús no es el anfitrión que nos invita a su iglesia, sino el huesped que viene a nuestra casa. Si no le invito a mi casa, él seguirá siendo un desconocido, incluso en plena eucaristía, hablando de sus cosas.

Uno de los momentos más decisivos de la Eucaristía (y de nuestra vida) es el momento de la invitación. Podemos decir: «Ha sido maravilloso conocerte; muchas gracias por tus ideas, tus consejos y tus ánimos. Espero que te vaya muy bien. ¡Adiós!» O bien podemos decir: «Te he escuchado, y siento cómo mi corazón está cambiando... Por favor, ven a mi casa y mira dónde y cómo vivo». Esta invitación a venir y ver es la que marca la diferencia: ¿Queremos realmente que se quede con nosotros cuando anochece y el día toca a su fin?... La Eucaristía requiere esta invitación.

ESA INVITACION ES EL CREDO: Cuando, después de las lecturas y de la homilía, decimos: «Creo en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo..., en la Iglesia Católica, en la Comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna», de algún modo estamos invitando a Jesús a nuestra casa y siguiendo confiadamente su Camino.

Entonces sucederá algo nuevo, algo apenas perceptible para el ojo no habituado: Jesús es el invitado de sus discípulos, pero, tan pronto como entra en su casa, ¡se convierte en su anfitrión! Y como anfitrión les invita a entrar en plena comunión con él.

4. Entrar en comunión. «Tomad y comed»

Jesús da todo lo que tiene a manos llenas. «Comed..., bebed..., esto es mi cuerpo..., ésta es mi sangre..., éste soy yo que me entrego a vosotros».

Dios busca modos siempre nuevos de unirse en íntima comunión con quienes han sido creados a su imagen y semejanza.

Desde Adán y Eva hasta Abraham y Sara, desde Abraham y Sara hasta David y Betsabé, y desde David y Betsabé hasta Jesús y para siempre, Dios grita su deseo de ser recibido por los suyos. ¿Qué más debo hacer para que me améis? No pienso rendirme; he de seguir intentándolo. ¡Algún día descubriréis cuánto anhelo vuestro amor!»

Al final de la historia, ahí está él mirándonos, y como a Pedro preguntándonos con ojos expectantes: «¿Me amáis?»; y de nuevo: «¿me amáis?»; y una tercera vez: «¿me amáis?».

La Eucaristía es reconocimiento. Es darse perfecta cuenta de que el que toma, bendice, parte y da el pan y el vino es Aquel que, desde el principio de los tiempos, ha deseado entrar en comunión con nosotros. La comunión entre Dios y yo es lo que tanto Dios como nosotros deseamos.

Él les había dicho muchas veces: «Ahora no comprendéis; ya lo comprenderéis más tarde...» Realmente no sabían lo que trataba de decirles. Él no dejaba de decir: «Os digo esto ahora... para que después, cuando ya no esté con vosotros, lo recordéis y comprendáis»

Cuando comen el pan que él les ofrece, sus vidas se transforman en la vida de él. Ya no son ellos quienes viven, sino que es Jesús, el Cristo, quien vive en ellos. Y precisamente en ese sagrado momento de comunión, él desaparece de su vista. El resto de seres humanos verán a los dos discípulos. Jesús está dentro de ellos.

Pero la comunión con él va mucho más allá de todo eso: nos lleva al lugar donde la luz ciega nuestros ojos y donde todo nuestro ser está sumido en la falta de visión. Es en ese lugar de comunión donde gritamos: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» Es también en ese lugar donde nuestro vacío nos hace orar: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». La comunión con Jesús significa hacerse igual a él. Con él estamos clavados en la cruz y con él resucitamos para acompañar a los caminantes perdidos en su viaje.

Los dos discípulos, que habían comido el pan y habían reconocido a Jesús, están solos de nuevo. Pero ahora saben que Jesús está vivo, y les busca, y les ama. Y les necesita.

La comunión nos hace ser parte del cuerpo de CRISTO: en el perdón, en la reconciliación, en el apoyo mutuo, en la ayuda a las personas necesitadas, en la celebración de la comunidad, en la solidaridad con los que sufren: la comunión crea comunidad, y la comunidad lleva a la misión.


5. Partir en misión. «Id y predicad»

Cleofás y su amigo se han transformado en personas nuevas. Se les ha dado un nuevo corazón y un nuevo espíritu. También ellos se han hecho amigos el uno del otro de una nueva manera: ya no sólo lloran juntos, sino que comparten una nueva misión y que tienen algo que decir en común, algo que debe ser proclamado. Nadie creería a uno solo de ellos; pero el hecho de que hablen al unísono, y sean testigos el uno del otro, hace que se les escuche con imparcialidad y atención.

Ya no hay miedo cuando has compartido mesa con Dios.

La Eucaristía concluye con una misión: «Id y contadlo». Las palabras latinas «Ite, Missa est», con las que el sacerdote solía concluir la Misa, significan literalmente: «Id, ésta es vuestra misión». El final no es la Comunión, sino la Misión.

Es importante darse cuenta de que la misión es, ante todo, una misión referida a quienes no nos son ajenos, a quienes nos conocen y, al igual que nosotros, han oído hablar de Jesús pero se han desanimado. Evidentemente, la misión es, ante todo, para nosotros mismos, para nuestra familia, para nuestros amigos y para quienes son parte importante de nuestras vidas.

Quienes no acuden con nosotros a la Eucaristía no son mejores ni peores que nosotros. También ellos han oído la historia de Jesús y, por lo general, han sido bautizados; algunos incluso han frecuentado la iglesia durante más o menos tiempo. Pero luego, poco a poco, la historia de Jesús se ha convertido para ellos en una historia de tantas, la
Iglesia en una pesada carga, y la Eucaristía en un simple rito. En un momento determinado, todo ello se convirtió en un recuerdo más o menos dulce o amargo. En un momento determinado, algo murió en ellos. ¿Y por qué alguien que nos conoce bien debería creernos de pronto cuando regresamos de la Eucaristía? Esa es la razón por la que no es sólo la Eucaristía, sino la vida eucarística, la que marca la diferencia. Cada día, cada momento del día, junto al dolor por las diversas pérdidas, tenemos la oportunidad de escuchar una palabra que nos invita a vivir dichas pérdidas como un camino hacia la gloria. Cada día tenemos también la posibilidad de invitar al desconocido a nuestra casa y permitirle partir para nosotros el pan. La celebración eucarística ha resumido para nosotros en qué consiste nuestra vida de fe, y tenemos que volver a casa para vivirla lo más plenamente posible.

Nuestra experiencia de comunión nos envía primero a nuestros hermanos y hermanas para compartir con ellos nuestras historias y construir con ellos un cuerpo de amor. Luego, como comunidad, podemos salir en todas las direcciones y llegar a toda la gente.

Comunión > Comunidad > Ministerio.

Por supuesto que parece una tarea imposible: ¿qué puede hacer ese pequeño grupo de personas que se encontraron con él en el camino, en el jardín o a la orilla del lago, en tan sombrío y violento mundo? El misterio del amor de Dios consiste en que nuestros corazones encendidos y nuestros ojos y oídos receptivos sean capaces de descubrir que Aquel con quien nos encontramos en la intimidad de nuestros hogares se nos sigue revelando en los pobres, los enfermos, los hambrientos, los prisioneros, los refugiados... y todas las personas que viven atemorizadas. La misión, pues, no consiste únicamente en ir y hablar a los demás acerca del Señor resucitado, sino también en recibir ese mismo testimonio de aquellos a quienes hemos sido enviados

Pertenece a la esencia misma de la vida eucarística hacer crecer este círculo de amor. Una vez que hemos entrado en comunión con Jesús y hemos creado una comunidad con quienes saben que él está vivo, podemos ir y unirnos a los numerosos viajeros solitarios y ayudarles a descubrir que también ellos están llamados a compartir el regalo del amor.

No tenemos por qué hacerlo. De hecho, la mayoría de la gente no lo hace. Pero siempre que acogemos a Jesús en la Eucaristía, todas las cosas, incluidas las más triviales, se hacen nuevas. Nuestras pequeñas vidas se hacen grandes, y ello forma parte del misterioso trabajo de salvación de Dios. Una vez que tal cosa sucede, nada será ya accidental, casual o fútil. Incluso el más insignificante acontecimiento habla el lenguaje de la fe, de la esperanza y, sobre todo, del amor. Tal es la vida eucarística, la vida en la que cualquier cosa que hagamos es una manera de decir: «Gracias» a aquel que se unió a nosotros en el camino.