Mujeres

Lucas es un hombre tocado por la salvación. Cuenta algo de lo que ha sido testigo, que ha conmovido y cambiado su propia vida. Mira a su alrededor, mira a las mujeres y ve que, lo que ha acontecido en su propia vida, está aconteciendo también en ellas. 

Lucas emplea las palabras sanación-salvación en un sentido distinto al nuestro; dos conceptos que afectan por separado a la dimensión física y a la espiritual.

Lucas usa ambas palabras como una sola, porque, cuando la gente está en contacto con Jesús y se deja sanar-salvar, algo cambia en su vida, tanto en su dimensión corporal como en su dimensión espiritual más profunda. 

Habla de mujeres que estaban "atrapadas" por la muerte, la enfermedad, las pérdidas, etc., y quedan transformadas totalmente, despertándose en ellas procesos de sanación y recuperación de la vitalidad. 

El encuentro con Jesús se da en su vida diaria -tan normal y sencilla como preparar una comida para unos invitados, estar en la calle, echar una moneda en el cepillo del Templo...- y, en esa situación concreta, despierta en ellas un dinamismo, genera una energía, una vitalidad, que les abre a la salvación. 

Allí donde antes había miedo, oprobio y muchas formas de pobreza (tantas como las que nos podemos encontrar hoy en nuestra vida) llega la fuerza del Espíritu y empieza algo nuevo. Personas que viven en su vida que para Dios no hay nada imposible. 

MUJERES QUE PROCLAMAN QUE LA SALVACIÓN IRRUMPE AQUÍ, AHORA

Isabel y María.

Isabel ya ha perdido la esperanza de concebir. 1,6... 1,57... nos dice que Isabel y su marido habían cumplido la Ley, eran una pareja impecable, irreprochable ante el Señor, y que, a pesar de este comportamiento, no habían tenido hijos.

La actuación de Dios en su vida es vista como el inicio de la salvación que llega. Quitarle a Isabel su oprobio es quitárselo al pueblo.

María es una mujer muy jovencita que está empezando su vida fecunda. 

Adolescente insignificante, que vive en una tierra de gentiles. Tierra lejana a Jerusalén. Es en esa tierra, donde nadie lo esperaba, donde irrumpe la salvación. 

 El Señor está contigo. (Con tu pueblo)

 Hágase en mí, según tu Palabra. (En mi pueblo) Es la palabra humana que da fecundidad a la semilla de Dios. Es la puerta a la bendición de Dios.

¿Cuántas veces yo he respondido así a Dios? 

¿Sabes que tu SI llena de bendición el pueblo de Dios porque es un SI a la promesa de Dios?

 El Magnificat. La biblia pone al hombre a recordar con mucha frecuencia, recordar la historia de salvación.

¿Qué ha hecho Dios por ti?

Refleja tu vida este Magnificat?

TESTIGOS DE ESA IRRUPCIÓN 

La profetisa Ana (2,36). 

mujer viuda, tenía 84 años 

Es capaz de descubrir que en ese niño hay un signo de salvación. 

¿puedes decir que  ¡la salvación del Señor ha irrumpido! en tu vida? Yo te lo digo

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La suegra de Pedro (4,38). 

La fiebre es el obstáculo que tiene esta mujer para seguir y servir a Jesús.  Servir, en el lenguaje de Lucas, no es ponerles la mesa, sino que se ha convertido en discípula.

La viuda de Naim (7,11-17). 

Mujer sin nombre, ni referencia pero con el valor de buscar la salvación

 ¿sentimos que la salvación toca nuestra vida?

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La hemorroísa (8,43-48). 

Un mujer que perdía sangre no puede tocar a un hombre, esto significa impureza, maldición, muerte. 

Jesús le dice: Hija, tu fe te ha curado; vete en paz. 

Jesús le dice que dentro de ella también hay salvación. 

¿Cuales son nuestras heridas por las que se nos va la vida y la fe? ¿Dejamos que Jesús toque esas heridas?

La hija de Jairo (8,40-42.49). 

Jairo es un hombre que tiene una hija única, de 12 años, justamente la edad del matrimonio en ese tiempo, 

Para Jesús, la niña no está muerta, sino dormida... ¿Qué pasa con nuestras muertes? Se nos ha podido dormir hasta la vida de oración y que únicamente repitamos fórmulas

LARGO VIAJE HACIA JERUSALÉN Y CATEQUESIS POR EL CAMINO, CON EL HORIZONTE DE LA CRUZ

A través de otras figuras femeninas y masculinas nos enseña a ser discípulos, siempre con el horizonte de la cruz. 

Marta y María (10-38-42). 

Marta es una mujer atada todavía a lo que decía la Torá, la mujer tenía que ir a preparar la comida y las cosas que sirvieran para el cuidado de aquellos hombres. Las mujeres en ese caso tenían que "desaparecer", no podían hablar en público, ni siquiera estar allí, pues la acogida a los huéspedes masculinos era tarea de los varones; 

María pierde su imagen; ponerse públicamente a los pies de un maestro en una casa, porque no era su papel; 

María a los pies de Jesús, está indicando que su actitud vital es de discípula. 

(Hormiga, cigarra, Abeja en S.Francisco)

Relación Marta-María. Acusamos o promovemos?

La mujer encorvada (13,10-17). 

Esta mujer es icono de la humanidad encorvada. 

Jesús ve nuestras opresiones y quiere que nos levantemos. ¿De qué tienes que liberarte para vivir tu fe con felicidad?

La mujer de la dracma perdida (15-8-10). 

perder una de aquellas monedas era como haber perdido un tesoro, 

¿Has conocido la alegría de al salvación?

 La viuda importuna (18-1-8). 

Esta mujer sufre el acoso de sus enemigos; es mujer, es viuda, y encima no le hacen justicia. Sin embargo, resulta curioso que, molestar a un juez, varón, en la sociedad patriarcal, sea signo de algo nuevo, y Jesús dice que esa actitud está bien, porque es señal de algo nuevo y profundo. ¿Nos creemos también que importunar al Señor, pidiendo justicia, tiene un valor en el Reino? ¿Lo pedimos, como esta viuda, con toda nuestra fuerza y convencimiento?

Y si Dios también te está buscando a ti??

DESENLACE EN JERUSALÉN: ¿CÓMO VIVIR CON LOS VALORES QUE HA PREDICADO JESÚS: OTRA MIRADA, LA COMPASIÓN, LA GRATUIDAD Y EL DINAMISMO?

Llega el desenlace en Jerusalén y cuatro mujeres encarnan cuatro valores; 

El óbolo de la viuda (21-1-4). 

En la puerta del Templo, se puede estar pensando en Dios, en el boato, en el humo de tu vida, o del ruido que hacían las monedas al caer. La gente adinerada tenía la costumbre de echar las monedas de la limosna con ruido, 

Jesús nos dice que hay otra manera de vivir, que es coger el sustento (lo que nos sostiene) y ponerlo en las manos de Dios, con confianza, como aquella viuda. A ella no le preocupaba hacer el ridículo ante la gente, entregando esas moneditas, ni le agobiaba quedarse sin el sustento. La actitud de esta viuda nos ayuda a interrogarnos sobre cuál es nuestro sustento, cuánto entregamos y cuánto nos reservamos. 

Las mujeres que presencian la Pasión (23,27-28). 

¿Cómo presencias tú hoy la pasión del mundo? ¿Cuál es tu lugar en esa pasión? Estás mirando o estás consolando? Estás con Jesús o estás viendo a Jesús?

Compasión, la misericordia, la denuncia y la lucha por la justicia. 

Las mujeres junto al sepulcro (23,55; 24,1-12). 

Fueron a realizar unas tareas desagradables, con aromas y ungüentos, a cambio de las cuales ya no podían recibir nada de Jesús. Ellas expresan la gratuidad total, cuando Jesús ya no puede pagarles. 

Estas mujeres recuerdan lo que Jesús les dijo, estando todavía vivo, recuerdan la historia de la salvación, y es como si esta muerte, que no encajaba en esa historia, cobrase sentido para ellas. 

En su corazón están viviendo un camino de vuelta, Están esperando en la palabr del Señor. 

Un hijo pródigo

La madre del hijo pródigo

Mientras Cleofás duerme y todavía queda un poco de aceite en el candil, voy a escribir lo que ha ocurrido hoy, para que mis hijos se lo cuenten a los suyos y así sucesivamente, de generación en generación. Hace meses que nuestro hijo pequeño se fue de casa. 

A pesar de la educación que le habíamos dado, de vez en cuando nos hablaba de las ganas que tenía de disfrutar de la vida, de saborear lo prohibido en la ciudad, y experimentar esos placeres de los que le hablaban los mercaderes. Una noche noté que no podía dormir; estaba inquieto y daba vueltas y más vueltas. En cuanto amaneció nos dijo a Cleofás y a mí que se iba de casa, y que le diéramos su parte de la herencia, porque no volvería nunca más por la aldea. Mi marido se puso furioso, él tenía la costumbre de repetirnos alguna frase de la Torá que se sabía de memoria: "Que tu corazón no envidie a los pecadores, sino que tema siempre a Yahvé, porque así tendrás un porvenir y tu esperanza no se verá frustrada", "Escucha hijo mío y sé sabio y dirige tu corazón por el camino recto". 

Y ahora era su propio hijo el que no valoraba el don de Dios y envidiaba a los pecadores, corriendo tras ellos. Pero yo intuía su lucha interior; podíamos perderlo para siempre, pero podía ocurrir todo lo contrario, quizás al tener en sus manos todo lo que deseaba, se daría cuenta de que eran ciertas las palabras de la Torá: "El que observa una conducta íntegra se salvará pero el que sigue caminos tortuosos caerá en uno de ellos". "El que cultiva su campo se hartará de pan, pero el que va detrás de quimeras se hartará de miseria". Cleofás le dio una bolsa con los denarios de la herencia y le quitó la túnica y el anillo; no le dijo nada. Yo le metí en el zurrón unos panes, unos peces y unos pocos dátiles. El chico bajó la vista, como si estuviera avergonzado, y se fue lentamente por el camino que conduce a la ciudad. Durante meses no supimos nada de él; algunos vecinos comentaban en la plaza que le habían visto gastar el dinero en fiestas y mujeres, otros hablaban de que estaba delgado y sucio, porque cuidaba cerdos en una hacienda, pero no sabíamos si eran habladurías o era cierto. 

Cada día yo salía a la puerta de casa con muchos pretextos: tender la ropa, acercarme hasta la fuente o visitar a una vecina que estaba viuda y enferma. Pero mis ojos buscaban ávidamente, en la lejanía, la silueta de mi hijo. Sólo tú Adonai, mi Señor, sabes las lágrimas que he derramado y las veces que te he suplicado que cuidaras a mi hijo, "porque tú sanas a quien tiene el corazón roto y vendas sus heridas." Y hoy ha llegado la salvación a mi casa, hoy ha ocurrido el milagro. 

A lo lejos vi la silueta de mi hijo, con su andar cansino, como si llevara sobre sus hombros una carga que no podía soportar. Traía la ropa hecha jirones. Al verle grité con todas mis fuerzas: - "Cleofás, nuestro hijo estaba perdido y lo hemos encontrado, estaba muerto y ahora vive". 

Cleofás salió corriendo, con los brazos abiertos, para recibirle. Yo entré corriendo a casa a buscar entre los cobertores su túnica; quería envolverle en ella para que los vecinos no le vieran con su ropa raída, quería envolver su cuerpo para que, al sentir la tela limpia de lino y el olor a lavanda, recordara el día en que mi marido y yo, al ponerle esta misma túnica sobre sus hombros y el anillo en el dedo, le dijimos: "Hijo, todo lo nuestro es tuyo".